POR CLARA USÓN (texto extraído de www.letraslibres.com)
Al poco de colegiarme me di de alta como abogada de oficio para casos penales. Mis defendidos eran delincuentes de poca monta: inmigrantes sin papeles, una prostituta yonqui que le hurtó la cartera a un turista... Se enfrentaban a penas discretas, de entre seis meses y dos años; con todo yo me ponía muy nerviosa antes de los juicios, la responsabilidad me abrumaba. Duré poco en ese trabajo, dejé el derecho penal y me dediqué al derecho civil y mercantil, donde lo que se jugaban mis clientes era dinero, no la libertad.
La mañana del lunes 16 de julio de 2012 volví a experimentar la misma zozobra que en mis años mozos. El tribunal al que me dirigía no era español y yo no tenía responsabilidad alguna en ese juicio. Era un proceso penal otra vez, pero el acusado pertenecía a una categoría distinta a la de los delincuentes que yo solía tratar. El hombre por quien me había desplazado desde Barcelona a La Haya era Ratko Mladić, comandante en jefe del ejército de la Republika Srpska durante la Guerra de Bosnia, en el curso de la cual murieron cien mil personas (la mayoría civiles, la mayoría bosnios de religión musulmana) y fueron desplazados o expulsados de sus poblaciones dos millones de seres humanos. Los cargos que se le imputan son espeluznantes: genocidio, persecución, exterminio, asesinato, deportación, actos inhumanos, secuestro, terrorismo... Solo en Sarajevo, ciudad que permaneció asediada por el ejército de Mladićentre abril de 1992 y febrero de 1996, murieron doce mil personas y fueron heridas cincuenta mil; en julio de 1995, fuerzas militares y paramilitares al mando de Ratko Mladić tomaron Srebrenica y en el curso de tres días ejecutaron a ocho mil varones bosnios, de entre doce y ochenta años. Mladić, el criminal de guerra más buscado de Europa durante quince años, se dio a la fuga y permaneció oculto hasta el 26 de mayo de 2011, cuando fue detenido por fuerzas de seguridad serbias en casa de un primo en una aldea serbia de la Voivodina.
Ratko Mladić es un criminal de guerra porque la perdió. Si la hubiera ganado, hoy sería un héroe, un padre de la patria. A los que ganan las guerras nadie les pide cuentas de los muertos o de los desplazados. Ratko Mladićes consciente de ese doble rasero y asume como una injusticia el juicio al que está siendo sometido. No le duelen las víctimas, sino la derrota. Y una muerte, solo una: la de su hija Ana, quien se suicidó el 24 de marzo de 1994, a los veintitrés años, de un tiro en la sien con la pistola favorita de su padre durante la Guerra de Bosnia. Antes de ser extraditado a La Haya, Mladić exigió que se le permitiera visitar por última vez la tumba de su hija, en el cementerio belgradense de Topčider: “Y si no –dijo–, que me traigan el ataúd a la cárcel.”
El edificio del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia es modesto, funcional. Los policías de la entrada escanean mis pertenencias y uno de ellos quiere saber el propósito de mi visita. “Ratko Mladić”, respondo. “¿Viene a verlo? –me pregunta–. ¿Quiere hablar con él?” Me siento tentada de contestar que sí, tan fácil parece en ese momento tener una entrevista con el hombre a quien he dedicado los últimos tres años de mi vida. ¿Qué le diré si lo tengo delante? “Buenos días, señor Mladić, soy fulanita de tal, y acabo de publicar una novela sobre el suicidio de su hija Ana.” Mladić no habla inglés, yo no hablo serbio, y mi novela La hija del Este le ha de disgustar. Dudo que accediera a hablar conmigo o que sus abogados se lo permitieran. Soy cauta y respondo: “Vengo a su juicio.”
Después de ver mi acreditación, el guardia de seguridad que controla el acceso a la sala del público me enseña cómo funciona el mando de la traducción simultánea y me indica, gentil, que el botón que debo apretar es el seis, correspondiente al serbio/croata/bosnio (¡un solo intérprete se basta para traducir las tres lenguas!). Se lo agradezco sin sacarlo de su engaño. Y me llama la atención que, por razones prácticas y de economía, la vieja lengua serbocroata reviva en este tribunal. La sala en la que se acomoda el escaso público es pequeña. Las filas de asientos están encaradas a una pared cubierta por una cortina de tiras y al sentarme en primera fila tengo la impresión de hallarme en un teatro. Se corre el telón y descubre una mampara de cristal que separa al público de la zona donde se ubican el tribunal y el acusado. El guardia de seguridad nos conmina a ponernos en pie y a mantener silencio mientras hacen su entrada los tres jueces, ataviados con sus negras togas, al igual que los abogados defensores de Mladić y los miembros de la fiscalía. Los letrados, los fiscales, la secretaria del tribunal y sus subordinados inclinan la cabeza al paso de los jueces, que suben a su estrado, en la parte frontal de la sala, y toman asiento. Ya nos podemos sentar los demás. La sala es semicircular; a la derecha del tribunal y en ángulo recto se sientan el fiscal y sus ayudantes; a la izquierda, flanqueado por dos guardas jurados, se encuentra Mladić. Y me llevo una sorpresa. Cuando lo detuvieron parecía un anciano, mal vestido, pálido, muy deteriorado. Seguí por internet sus primeras comparecencias ante el tribunal, tocado con una curiosa gorra rusa, de estilo militar, que fue motivo de conflicto: el presidente del tribunal, el juez Orie, le prohibió que se cubriera la cabeza durante las vistas. Mladićprotestó enérgicamente; ¡él habría querido asistir al juicio ataviado con su uniforme de general y no le dejan ni ponerse una gorra con visera! La prisión le sienta bien a Ratko Mladić. El individuo que distingo a pocos metros de mí es un hombre delgado, pero con buen color, enfundado en un elegante traje gris, el escaso pelo blanco cortado con esmero, unas gafas de présbita colgándole del cuello. Su expresión es adusta. Tiene dificultad para caminar y para mover su mano y su brazo derechos, secuela de dos embolias. Por lo demás, este atildado caballero bien podría ser un banquero retirado o un catedrático emérito. Me cuesta reconocer en él al famoso “carnicero de Srebrenica”, el militar de cuello de toro, cara de bestia y cuerpo fornido que tantas veces he visto en video.

Comentarios
Publicar un comentario